El Tema 8

El tema 8 es como el primer amor: no se olvida nunca.

Los titanes de la composición en el siglo XX (20): Béla Bartók

Este post está dedicado a la memoria del musicólogo José Luis Pérez de Arteaga (1950-2017), sin cuyo magisterio y sapiencia muy probablemente el autor de este blog no hubiera descubierto tantas maravillas que nos ha deparado la música del siglo XX y que él supo transmitir como nadie.

Con motivo del segundo de los tres conciertos del ciclo que, bajo el título de La disolución de los géneros: cuartetos sinfónicos, está organizando el Departamento de Música de la Fundación March, aprovecho para cubrir una imperdonable laguna y cuenta pendiente que tenía mi blog con uno de los incuestionables pilares de la música del siglo XX: Béla Bartók.

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El Cuarteto Pavel Hass en un momento de la interpretación de la velada del 22.02.2017 en la Fundación March. Sus integrantes, de izquierda a derecha: Veronika Jarůšková (violín), Marek Zwiebel (violín), Peter Jarůšek (violoncello) y Radim Sedmidubský (viola).

Esta segunda sesión corrió a cargo del Cuarteto Pavel Haas, agrupación camerística checa fundada en 2005 que toma su nombre del compositor del mismo nombre (Brno 1899 – Auschwitz, 1944), víctima del Holocausto y señalado desde la invasión nazi de Checoslovaquia como autor de Entartete Musik (Música Degenerada). El magnífico concierto que nos brindó esta prodigiosa agrupación camerística también incluyó obras del estonio Arvo Pärt (1935) y del checo Bedřich Smetana (1824-1884).

Béla Bartók (Sânnicolau Mare -en la actual Rumania, entonces perteneciente a Hungría-, 1881-Nueva York, 1945) es considerado por muchos (junto a Igor Stravinsky y Arnold Schoenberg, cada uno por lo que musicalmente representa y aportó a la evolución de la música) como el compositor más importante del siglo pasado. Si este humilde servidor aún no se había decidido a escribir sobre este gigante del siglo XX es por la grandeza de este autor en torno al cual casi todo está ya dicho y escrito.

img_clasica_scroll-405A Bartók se le debe el haber transcendido la música popular, diseccionando los ritmos y melodías del acerbo nacional y exprimiendo de ellos su esencia, su extracto en lo que se ha venido a llamar el folclore imaginario. En palabras de Cibrán Sierra, la música de Bartók “alcanza la categoría de lo universal partiendo del descubrimiento, el estudio, la puesta en valor y la actualización de la propia identidad cultural”. En esta tarea, desarrollada en la primera década del siglo XX, le ayudó un compatriota al que conoció en la Academia de Música de Budapest, Zoltán Kodály (1882-1967), con el que recorrió numerosas regiones, comarcas y pueblos de la zona para empaparse sobre el terreno de los giros musicales eslavos. Quizá por ello uno de esos críticos de la época especializado en escupir vituperios calificaría en 1915 la música de Bartók como “simple y llanamente estiércol”. Y es que, a veces, hasta los que se equivocan por casualidad aciertan, tal es el arraigo de Bartók al terruño. Los descubrimientos de los dos músicos húngaros son rápidamente absorbidos por sus colegas contemporáneos: Janáček en Checoslovaquia, Enesco en Rumania, Manuel de Falla en España. Y Bartók, deslumbrante pianista del que se conservan registros fonográficos, va incorporando estos hallazgos a sus pentagramas para el teclado, muchos de ellos pedagógicos: Allegro bárbaro, Danzas folclóricas rumanas, Para los niños, Mikrokosmos

Una de las obras que se interpretó a cargo de conjunto checo fue el Cuarteto para cuerdas nº5, Sz 102, una de las cimas en la producción camerística de Bartók, autor del ciclo de cuartetos (formado por seis piezas que abarcan desde 1909 a 1939 pero perfectamente intercambiables ya que parecen compuestas en el mismo periodo creativo, tal es su unidad y coherencia) más redondo de todo el siglo XX (quizá sólo se le aproxime Shostakovich, con sus quince aportaciones al género). Pese a ello, los cuartetos de cuerda del húngaro no fueron entendidos en su época. Incluso ya muerto el compositor, en 1951 el crítico inglés Alan Dent “analizando” el que hace el cuarto de la serie empleaba improperios como “ruidos de un tren de mercancías al cambiar de vías…torno oxidado de un pozo…sonidos singulares de unos pollos aterrorizados por la presencia de un terrier escocés…chirrido de una carretilla sin lubricar…ronquidos en un dormitorio colectivo de una escuela de la Marina”

En el campo escénico Bartók es autor de pocas pero conseguidísmas piezas: dos ballets (El mandarín maravilloso y El príncipe de madera) y una ópera en un acto, A kékszakállú herceg vára/El castillo de Barbazul, Op.11 Sz 48, con libreto de su amigo el dramaturgo Béla Balázs (1884-1949).

El epicentro y momento cumbre de la ópera, escrita cuando el compositor sólo contaba con veinte años de edad y estrenada en 1918, acontece con la apertura de la quinta de las siete puertas del castillo con el aparato orquestal al completo y esa poderosa fanfarria de los metales, con el concurso del órgano, en un inolvidable y pletórico do mayor, para acompañar el aterrador alarido de la curiosa Judith cuando Barbazul le muestra su vasto e inabarcable imperio a su prometida mientras ésta advierte estremecida (cual Anastasia Steele ante la cámara secreta de Christian Grey…) que todos sus dominios, campos, ríos, nubes están inquietantemente teñidos de rojo.

En el campo concertante, como en todos los géneros que tocó, Béla Bartók también dejó un puñado obras maestras. De hecho sus tres conciertos para piano y orquesta y el segundo de los escritos para violín son algunas de las mejores aportaciones a la literatura pianística y violinística del siglo pasado y los mejores instrumentistas han incorporado desde su estreno estas piezas a su repertorio.

En 1936 compuso Bartók una de sus más señeras composiciones para  la Orquesta de Cámara de Basilea por encargo de su titular Paul Sacher (1906-1999, director suizo de influencia trascendente en la música del siglo pasado, comisionando encargos para su orquesta a compositores de la talla de Stravinsky, Hindemith, Richard Strauss, Martinu, Britten, Lutoslawski, Carter, Henze, Rihm, Cristóbal Halffter…), la Música para cuerda, percusión y celesta, Sz 106. Esta, por momentos, aterradora pieza (especialmente en su tercer movimiento, Adagio, que para algunos anticipa los horrores que estallarían poco después en Europa) fue empleada con acierto por el cineasta Stanley Kubrick en The shining/El resplandor (1980).

Esta mágica, nocturna sonoridad la encontramos también en otra de las más relevantes piezas del compositor húngaro, la Sonata para dos pianos y percusión, Sz 110 de 1937, donde Bartók sigue explorando estas combinaciones instrumentales insólitas hasta el momento y donde juega también un decisivo papel uno de los rasgos inconfundibles del estilo del magyar: su irresistible don del ritmo.

Ante los acontecimientos que se desarrollaban en su país, con el regente Miklós Horthy (1868-1957) simpatizando y colaborando con el régimen nazi, Bartók aprovechando el fallecimiento de su madre, se refugia en los Estados Unidos en agosto de 1940. Como otros muchos exiliados por la diáspora provocada por la guerra, Bartók no termina de adaptarse a su patria de acogida. Se le juzga musicalmente con recelo y severidad y, pese a recibir becas de investigación y algunos encargos, la desazón y amargura cunden en el ánimo del músico.

Una de estas escasas obras por las que se paga a Béla Bartók durante su exilio norteamericano es el Concierto para orquesta, Sz 116, encargada por el director ruso Serge Koussevitzky (1874-1951, que también había abandonado su país en 1940). Compuesta en 1943, la obra fue estrenada por la Orquesta Sinfónica de Boston el 1 de diciembre de 1944, con éxito inmediato. En el cuarto movimiento, Intermezzo interrotto, de esta colosal e influyente obra, encontramos la que quizá sea la cita más cruel de la historia de la música, en la que Bartók, como muestra de burla y desprecio hacia un colega, se ceba de una manera humillante -esos metales que se mofan imitando una ruidosa carcajada- con el machacón y repetitivo tema de la invasión de la Sinfonía nº7 “Leningrado” de Shostakovich, obra que por aquellos años en que el compositor húngaro padecía su exilio en Norteamérica, las orquestas de todo el mundo interpretaban sin cesar.

Bartók palía en parte la amargura de estos años con nuevos encargos, como el Concierto para piano y orquesta nº 3, Sz 119 y su Concierto para viola y orquesta, que desgraciadamente quedan inconclusos tras manifestársele al compositor los síntomas de una leucemia incurable (la misma y maldita enfermedad que también acabó con la vida de José Luis Pérez de Arteaga, gran admirador y conocedor de la música del magyar, qué cosas…) que desemboca en su fallecimiento en la penuria y en el olvido el 26 de septiembre de 1945, apenas diez meses después del apoteósico estreno del Concierto para orquesta.

Rafael Valentín-Pastrana

@rvpastrana

Bibliografía

– Cibrán Sierra: El cuarteto, perdido en la inmensidad. © Cibrán Sierra/Fundación Juan March. Madrid, 2017.

– Nicolas Slonimsky: Repertorio de vituperios musicales. Penguin Random House Grupo Editorial. Taurus. Madrid, 2016.

– Rafael Valentín-Pastrana: Cuando Zemlinsky bailó el Tango de la Menegilda. Eltema8.wordpress.com, 2015.

Nota: Las imágenes del concierto incluidas en este post, que tuvo lugar en el auditorio de la Fundación March de Madrid el 22 de febrero de 2017, son © Fundación Juan March. 2017.

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