El Tema 8

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Los titanes de la composición en el siglo XX (19): Alexander Scriabin

El Departamento de Música de la Fundación March continuó ayer con el segundo de los cuatro conciertos del ciclo que, bajo el título de Sinestesias, se dedica a la habilidad innata o aprehendida de algunas personas para percibir mediante uno de los sentidos estímulos perceptibles normalmente mediante otro sentido.

Esta segunda sesión corrió a cargo del pianista español Eduardo Fernández (1981), que interpretó una selección de cuarenta y ocho preludios para piano de Alexander Scriabin (Moscú, 1872-Moscú, 1915) escogidos de entre los distintos opus 2, 11, 13, 17, 27, 33, 35, 37, 39, 48 y 51 del colosal catálogo para el instrumento de teclado que nos legó el compositor ruso y agrupados según su tonalidad dominante de cuatro en cuatro para así relacionarlos con la correspondiente gama cromática que Scriabin visualizaba.

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Distintas instantáneas del concierto de Eduardo Fernández en la Fundación March, donde se puede apreciar el juego de las distintas gamas cromáticas dependiendo de la tonalidad de la pieza interpretada (de izquierda a derecha y de arriba abajo: La -verde hierba-, Si -azul oscuro zafiro, Do -rojo puro- y Sol -naranja intenso y ardiente-). 

Y es que según el autor moscovita (tras un primer periodo básicamente centrado en el piano en el que sus influencias y referencias eran claramente otros gigantes de la literatura pianística: Chopin como aquel del que todo surgió y su coetáneo que transformó la concepción de la escritura pianística del cambio de siglo, Claude Debussy), el arte debía contribuir a una nueva religiosidad (siempre presente en las obras de madurez del compositor, como en sus sonatas para piano nº7 –Misa blanca– y nº9 –Misa negra-) en la que sonidos, colores y olores convergieran para la consecución de una experiencia mística. De esta manera Scriabin confeccionó una tabla de correspondencias entre las notas que él tecleaba y los colores que él visualizaba, llegando a inventar un piano especial en el que al pulsar cada tecla se encendía una bombilla con un color específico.

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Equivalencias entre las las notas de la escala musical agrupadas por quintas (Do-Sol, Re-La…) según la nomenclatura latina (izquierda) y anglosajona (derecha) y los distintos colores sinestésicos y su correspondiente traslado al teclado de un piano.

Cualidad la de la sinestesia que también poseían su compatriota Nicolai Rimsky-Korsakov y el que quizá pueda ser considerado el único continuador de Scriabin (aunque con una inconfundible voz propia y sin duda llegando a conclusiones parecidas a través de otros caminos inconscientemente sin adscribirse a ninguna herencia del ruso), el gran compositor de Avignon Olivier Messiaen: si hay algunas obras que puedan enlazar con el mundo apuntado y desarrollado por Scriabin en sus últimas composiciones, todas son de Messiaen: la Turangalîla-Symphonie, Des Canyons aux étoiles y Éclairs sur l’au-delà… Escuchen el glorioso final en la tonalidad de Do mayor (recuerden: rojo puro) del Poema del éxtasis y lo entenderán.

El catálogo de Scriabin se divide en dos bloques claramente diferenciados: la copiosa música instrumental para piano (valses, improptus, mazurkas, estudios, preludios, sonatas…) y la escueta pero trascendental obra para orquesta (1 concierto para piano y orquesta y 3 sinfonías, para algunos 5 si añadimos el Poema del éxtasisPrometeo, el poema del fuego), a veces acompañada de piano y coro. De entre su corpus pianístico destaca el fabuloso -por unitario, compacto y coherente- ciclo de sonatas, diez escritas entre los años 1892 y 1913, a través del cual la música de Scriabin va experimentando con la forma y revolucionando el género (las cuatro primeras aún respetan la clásica estructura de la sonata en cuatro tiempos; las seis últimas se componen de un único, imbricado, cíclico y concentrado movimiento en el que ya no existe una tonalidad definida y dominante sino que el autor bascula y flirtea con la atonalidad) de una manera prodigiosa que muy pocos compositores han logrado con el piano. 

Una de sus cimas pianísticas es la Sonata nº5, Op.53, con la que Scriabin (en palabras del musicólogo Felipe Santos) “esculpe por primera vez una sonata en un solo movimiento que anhela invocar lo absoluto, fundir lo masculino y lo femenino en un estadio único y llegar al éxtasis a través de armonías de tensión y ritmo frenético.”. Obra en la que Scriabin suelta definitivamente lastre de influencias (pese al claro y expreso homenaje que dedica a Debussy, citando el susurrante y sensual mecido del coro sin palabras las Sirenes de sus Nocturnos para orquesta; técnica la del canto sin texto que por cierto el ruso imitó del francés para la sección final de su Prometeo) y encuentra definitivamente su camino, truncado desgraciadamente en la cúspide de su momento creativo por su prematuro fallecimiento en 1915 tras una septicemia provocada por la infección de una herida en el labio superior durante una visita a Londres el año anterior.

Y prematura, aparte de absurda, muerte porque en sus últimos años, los que van de 1910 a 1915, Scriabin se encontraba a gusto experimentando con formas cada vez más condensadas, alcanzando una aparente disolución del tiempo (de nuevo la conexión de Scriabin y Messiaen, autor del Cuarteto para el fin del tiempo) a la vez que estructuraba su música sobre lo armónico y la textura sonora y no en lo temático, empleando con asiduidad en sus últimas obras pianísticas y orquestales el creado por él y bautizado como “acorde místico” formado por seis notas (Do–Fa sostenido–Si bemol–Mi–La–Re). 

Su obra cumbre pretendía ser su inconcluso proyecto Mysterium (del que se ha realizado algún intento de completarlo y orquestarlo, como el debido al compositor Alexander Nemtin en 1972)con el que el músico pretendía preparar a la humanidad para el Misterio final: se trataría de una liturgia que duraría siete días, transcurriría en un templo del Himalaya y estaba concebida para un monumental dispositivo de orquesta, órgano, coro, solistas, bailarines y efectos lumínicos en la que se combinarían percepciones olfativas, táctiles, gustativas, auditivas y visuales (en una perfecta conjunción sinestésica). Con esta obra (distribuida en tres extensos movimientos: Universo, Humanidad y Transfiguración) se accedería a un estadio superior de la creación, formado por seres más puros y nobles liberados de desigualdades y limitaciones corporales, y que a partir de entonces habitarían el mundo…

La concepción y descripción de Scriabin de esta obra total ha perjudicado desgraciadamente la consideración que debería tener en justicia la música de este único e irrepetible visionario. “La música de Scriabin sin duda tiene cierta validez como droga, aunque es completamente superflua. Ya tenemos la cocaína, la morfina, el hachís, la heroína, el peyote y otros muchos productos similares, por no hablar del alcohol. Desde luego es más que suficiente… ¿Por qué es más artístico emplear ocho trompas y cinco trompetas que tomarse ocho brandies y cinco whiskies dobles?”. alexander-scriabinRecurrir a los críticos de la época suele deparar el encontronazo con sublimes disparates. Como este tal Cecil Gray que, en su Evaluación de la música contemporánea publicada en Londres en 1924, hace tal delirante y exhaustiva mezcolanza de sustancias psicotrópicas con la pretensión de ridiculizar los méritos de un iluminado Scriabin pero que, sin pretenderlo el musicólogo (?), compendian esos atributos inconfundibles y personalísimos que transmite como nadie la embriagadora música de este titán del siglo XX (aunque sólo alcanzara a vivirlo en quince años): el éxtasis, el frenesí, lo sensual, lo místico, lo cósmico, lo panteístico, lo absoluto, lo religioso y lo divino en lo que supuso el inicio de un nuevo lenguaje musical a partir de entonces. 

Rafael Valentín-Pastrana

@rvpastrana

Bibliografía

– Juan Manuel Viana: Sinestesias. © Juan Manuel Viana/Fundación Juan March. Madrid, 2016.

– Felipe Santos: Entre el tormento y el éxtasis. Fundación BBVA. Madrid-Bilbao, 2016.

– Nicolas Slonimsky: Repertorio de vituperios musicales. Penguin Random House Grupo Editorial. Taurus. Madrid, 2016.

– Rafael Valentín-Pastrana: Los titanes de la composición musical en el siglo XX (6): Olivier Messiaen. Eltema8.wordpress.com, 2014.

Nota: Las imágenes del concierto incluidas en este post, que tuvo lugar en el auditorio de la Fundación March de Madrid el 16 de noviembre de 2016, son © Fundación Juan March. 2016.

Este post está dedicado a Messiana, que tan acertadamente supo apreciar la estrecha relación entre Scriabin y nuestra común debilidad, Olivier Messiaen.

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Esta entrada fue publicada en noviembre 17, 2016 por en Música y etiquetada con , , , , .

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