El Tema 8

El tema 8 es como el primer amor: no se olvida nunca.

Los titanes de la composición en el siglo XX (6): Olivier Messiaen

SipaPressRexFeatures_messian460 Olivier Messiaen (Avignon, 10 de diciembre de 1908 – Clichy, Île-de-France, 27 de abril de 1992) fue organista, ornitólogo y, sobre todo, el compositor francés más importante de la mitad central del siglo XX. Tras el comienzo de la 1ª Guerra Mundial en 1914, el padre de Messiaen fue llamado a filas y su esposa se trasladó con sus dos hijos a vivir a Grenoble, cerca de los Alpes, a casa de su madre. Allí nuestro autor comenzó a interesarse por la composición, la naturaleza y empezó a definirse su fe católica.  Años después, fascinado por las imponentes montañas, construyó en la localidad de La Grave, en la comarca de La Meije (en Dauphiné, provincia del sureste de Francia) una casa en la que escribiría muchas de sus composiciones. Por su vinculación a esa zona alpina, desde 1998, en su honor, se celebra anualmente el festivalMessiaen au Pays de la Meije“.

Foto de los años en los que Messiaen (a la derecha de la foto, sentado) estudió bajo las enseñanzas de Paul Dukas (en el centro, de pie y con barba blanca). La instántanea es, probablemente, de 1927.

Olivier ingresó muy joven, en 1919, en el Conservatorio de París, donde tuvo como profesores a Paul Dukas (Orquestación), Maurice Emmanuel (Historia de la Música), Charles-Marie Widor (Composición) y Marcel Dupré (Órgano e Improvisación). Fruto de este aprendizaje, Messiaen fue designado organista (instrumento del que iba a ser un consumado intérprete) en la Iglesia de La Trinité de París en 1931, puesto que ocupó ininterrumpidamente durante más de sesenta años, hasta su muerte. Para el órgano compuso Messiaen una buena cantidad de obras destacando Le banquet cèleste, Apparition de l’église éternelle y Méditations sur le mystère de la Sainte Trinité. De 1934 a 1939, Messiaen impartió lecciones de piano en la École Normale de Musique de París y dirigió un curso de improvisación al órgano en la prestigiosa Schola Cantorum de París.

A pesar de su innegable voz propia, Messiaen absorvió influencias de las técnicas de otros compositores: el uso hasta el límite de la escala modal y tonal de Richard Wagner y de Claude Debussy; el empleo del ritmo y color de sus compatriotas Paul Dukas y Albert Roussel y sobre todo de Igor Stravinsky, el gran dominador de la música de la primera mitad del siglo XX; las texturas de Modest Mussorgsky; el estatismo y cromatismo (y no sólo musical) de Alexander Scriabin; la exótica brillantez orquestal del brasileño Heitor Villa-Lobos (aclamado en el París de los años 20); los grandes maestros franceses del órgano Louis Vierne y César Franck;  el pianismo de Jean-Philippe RameauDoménico Scarlatti y Frédéric Chopin, y del de Isaac Albéniz, compositor que tanto propagó el afamado y gran pianista español de la época afincado en París, Ricardo Viñes (1875-1943). images (4)

En junio de 1932, Messiaen se había casado con la violinista y compositora Claire Delbos (1906-1959), para quien escribió varias obras para violín y piano y así interpretarlas junto a su mujer, como la magnífica Thème et variations, con su bellísimo, estático y diríase que ascético tema inicial y cuyo eterno final supone un anticipo del mágico 8º movimiento “Louange à l’immortalité de Jésus del Quatuor pour la fin du temps en el que la plegaria del violín es punteada por los acordes repetidos del piano a la manera de bajo profundo o incluso de campanadas de iglesia.

Para Delbos compuso también el ciclo de canciones Poèmes pour Mi (“Mi” era el apelativo cariñoso con que Messiaen llamaba a su mujer), de 1936, que Olivier orquestaría al año siguiente. A la finalización de la 2ª Guerra Mundial, a raiz de una operación quirúrgica, Claire sufrió pérdida de la memoria y la enfermedad mental fue degenerando, hasta que se decidió ingresarla en un hospital psiquiátrico de Hauts-de-Seine en 1950, donde moriría en 1959.

En 1936 Olivier Messiaen fue uno de los fundadores, junto a André Jolivet, de la Jeune France, grupo dedicado a difundir la nueva música francesa y que postulaba restablecer una manera más humana y menos abstracta de componer, alejada de la frivolidad imperante en la música francesa de la época, dominada por lo preconizado en el manifiesto de 1918 de Jean Cocteau, Le coq et l’arlequin, ensayo a la manera de decálogo antiwagneriano, antidebussiano e incluso antibeethoveniano, que aborrecía de la música del inmediato pasado y se rendía ante las nuevas estéticas imperantes del momento (Stravinsky, Satie, Poulenc, el café-concert, el jazz, el music-hall, el circo, la música de cabaret…).  Sus otros dos miembros fueron los menos talentosos Jean-Yves Daniel-Lesur y Yves Baudrier. Lejos quedaban los escándalos parisinos por los estrenos de Pelleas de Debussy y Le Sacre de Stravinsky, pero los integrantes del Grupo quisieron dar imagen de accesibilidad a su música, y para ello recurrieron al apoyo de prestigiosos músicos que contaban con el favor del público de la época, como el mencionado Ricardo Viñes o Maurice Martenot, el inventor de las ondas que llevan su nombre.

Olivier Messiaen, André Jolivet, Daniel-Lesur y Yves Baudrier durante los ensayos del primer concierto fundacional del grupo

Olivier Messiaen, André Jolivet, Daniel-Lesur y Yves Baudrier durante los ensayos del primer concierto fundacional del grupo “Jeune France” que tuvo lugar en en la sala Gaveau el 3 de junio de 1936.

Pero pronto se apreció de lo artificial de la unión: publicar un manifiesto fundacional anunciando cosas nuevas es relativamente fácil. Otra  más complicada es mantener a lo largo del tiempo la unidad y la disciplina de grupo, porque cada uno de los miembros quiere conservar su propia voz y personalidad (y la de Jolivet, y sobre todo la de Messiaen, eran inclasificables), y poco a poco van aflorando los distintos egos y temperamentos incompatibles. 

Al menos de este contacto con la Jeune France, le quedó a Messiaen la pasión por el  instrumento de sonoridad mágica y conmovedora, como de otro mundo, diseñado en 1928 por Maurice Martenot (y para el cual compusieron, entre otros, Pierre Boulez, Edgar Varèse, Bohuslav Martinů, Darius Milhaud, Arthur Honegger y el otro destacado compositor de Jeune France, André Jolivet), con el que el compositor empezó a experimentar justo en estos años. Y que desde entonces y hasta sus últimas obras, se identifica con el sonido puro, divino, celestial. La Oraison de 1937 es el alpha que enlaza con Saint-François d’Assise de 1983 que sería el omega del uso de este feérico instrumento que fascinó y enamoró a Olivier Messiaen durante toda su carrera compositiva y del que fue suprema intérprete su cuñada, Jeanne Loriod (1928-2001). 

También del año 1937, y como encargo para la Exposición Internacional de París de las Artes y las Técnicas en la Vida Moderna que iba a tener lugar ese año, Messiaen concibió una pieza de acompañamiento para un espectáculo de luz y sonido que se iba a representar a orillas del río Sena, con motivo de esos fastos. El resultado fue la curiosa e hipnótica Fêtes des belles eaux, para un conjunto de seis ondas Martenot.  

Al comienzo de la 2ª Guerra Mundial, durante la ocupación de Francia por las tropas alemanas, Messiaen fue llamado a filas, siendo alistado como auxiliar médico debido a su miopía. En mayo de 1940 fue hecho prisionero de guerra, y mientras estaba encarcelado en Görlitz (Silesia) conoció, entre los prisioneros, a un violinista (Jean Le Boulaire), a un violoncellista (Etienne Pasquier) y a un clarinetista (Henri Akoka). 6a00d83451cb2869e200e5544828988833-640wiEn principio, su idea era escribir un trío para ellos, pero finalmente él mismo se puso al frente del piano (un maltrecho piano vertical que había arrinconado en el campo de trabajo) y compuso su estremecedor Quatuor pour la fin du temps para violín, clarinete, violoncello y piano, una de las incontestables obras maestras de la música del siglo XX. Su estreno se llevó a cabo el 15 de enero de 1941 en las precarias condiciones del Stalag VIII-A y ante unas 5.000 personas. En palabras del compositor, ” El frío era brutal: el barracón estaba cubierto por la nieve. Los cuatro músicos tocábamos instrumentos destartalados: el violoncello sólo tenía tres cuerdas; las teclas de mi piano vertical se bajaban y ya no volvían a subir a su posición. Nuestras ropas eran inverosímiles: yo vestía una chaqueta verde totalmente desgarrada y calzaba zuecos de madera. El improvisado auditorio congregaba a todas las clases sociales: curas, médicos, burgueses, militares de carrera, obreros, campesinos… Aún así jamás he sido escuchado con  tanta atención y comprensión.

En esta cautivadora composición se aprecia la especial e inconfundible percepción del tiempo de Messiaen (no olvidemos que la traducción literal es “Cuarteto para el fin del tiempo“): esos tempos extremadamente lentos, diríase que en suspensión y casi estáticos (así, en el 5º movimiento “Louange à l’Eternité de Jésus” del Quatuor la indicación como marca de tiempo es infinitamente lento); e incluso en sus fragmentos más movidos suele utilizar frases y armonías repetidas una y otra vez, para provocar que la verticalidad dé igualmente sensación de estatismo. La obra consta de ocho movimientos: los siete primeros representan los otros tantos días que Dios dedicó a la Creación. Mientras que el octavo hace referencia a la eternidad.

images (5)Trois Petites liturgies de la présence divine (1944) para orquesta (sin instrumentos de viento), piano, ondas Martenot y coro de voces (con textos del propio compositor) en tres movimientos, es una de las obras más significativas del Messiaen de esos años (a pesar del encanto del aroma pagano que desprende, al estilo de Las bodas de Stravinsky) y en el momento de su estreno supuso un cierto escándalo. Y es que en palabras de Messiaen, “Los no cristianos no simpatizaron con los sentimientos religiosos expresados, mientras que los católicos tradicionales se disgustaron con el tratamiento, aparentemente vulgar, de las ideas sagradas… Lo que demuestra la dificultad de transferir la sustancia de la liturgia de una iglesia a una sala de conciertos.”

Cada una de las tres secciones de esta composición está dedicada a un tipo diferente de presencia divina: Dios presente dentro de nosotros (“Antienne de la conversation intérieure“), Dios presente en sí mismo (“Sequence du verbe, cantique divin“) y Dios presente en todas las cosas (“Psalmodie de l’ubiquité par amour“).

Del final de la 2ª Guerra Mundial es el Chant des déportés (1945), para celebrar la liberación de los campos de concentración nazis al término de la contienda. Este “Canto de los deportados”, que podría presumirse una simple y bombástica obra de circunstancias, se convierte en un bellísimo himno con el sello inconfundible del más puro y místico Messiaen y que podría formar parte de cualquiera de sus obras sinfónico-corales de su madurez.

Hymne au Saint Sacrement para orquesta, tiene una curiosa génesis: habiendo sido compuesta en 1932, la obra se extravió durante la guerra, por lo que Messiaen decidió reescribirla de memoria en 1947, con lo que ello supuso de reconstruir y enriquecer los recuerdos del original de la partitura con todo lo que durante esos quince decisivos años posteriores a la escritura inicial supusieron y aportaron a su bagaje como compositor, con el transcendental Quatuor pour la fin du temps de por medio.

Acabada la contienda bélica, el nombre del compositor comenzó a cobrar cierta relevancia, especialmente a partir del estreno (en 1949 y bajo la batuta de Leonard Bernstein dirigiendo a la Sinfónica de Boston y ya con Yvonne Loriod al piano y con Ginette Martenot, hermana del inventor, a las ondas Martenot) de la monumental Turangalîla-Symphonie. La obra no fue estrenada en España hasta tres décadas después, en octubre de 1974 a cargo de Odón Alonso (1925-2011, uno de los apóstoles de la música de Messiaen en España; de hecho quince años después el director leonés natural de La Bañeza volvió a programar la sinfonía. Se acompaña testimonio de ese irrepetible concierto, al que este bloguero tuvo la fortuna de asistir, y que contó con la actuación ni más ni menos que de las hermanas Yvonne y Jeanne Loriod). El título, extraído del sánscrito, ya refleja a la perfección la filosofía vital de Messiaen. Y es que Turangalila tiene muchas acepciones a la vez: canto de amor, himno de alegría, tiempo, movimiento, ritmo, unión, vida y muerte.

Programa de mano del concierto de la Orquesta Sinfónica de RTVE de mayo de 1989 donde Odón Alonso dirigió la

Programa de mano del concierto de la Orquesta Sinfónica de RTVE de mayo de 1989 donde Odón Alonso dirigió la “Sinfonía Turangalila”. Autografiado por Olivier Messiaen. Colección particular de Rafael Valentín-Pastrana

A este respecto es revelador de la inmensa humanidad y modestia de nuestro compositor las palabras autografiadas que en su segunda visita a España (la primera, que pasó prácticamente inadvertida, tuvo lugar en 1946) le dedicó en la partitura de la obra a Odón Alonso: “Un tema del sexto movimiento de la Sinfonía Turangalila para el maravilloso director Odón Alonso, en recuerdo de estos dos conciertos en los que él ha dirigido con tanta precisión, con tanta técnica, con un fuego y una ternura absolutamente geniales la Turangalila. Esta interpretación queda entre las más bellas que yo he escuchado, y he escuchado muchas. Gracias de todo corazón, querido Odón Alonso, querido maestro y amigo y perdóneme el haber cogido una simple página de papel de música para expresarle mi amistad y mi reconocimiento. Olivier Messiaen“.

Messiaen (que ya había impartido sus enseñanzas en seminarios programados en Budapest en 1947 y en Tanglewood en 1949participó como profesor en los influyentes y decisivos Cursos Internacionales de Verano de Nueva Música organizados en Darmstadt, fundados por Wolfgang Steinecke (1910–61), que tuvieron lugar entre los años 1946 y 1955 y cuyo objetivo era reactivar la vida musical en la Alemania de la posguerra, dando a conocer las técnicas desarrolladas entre 1933 y 1945. Durante estos años los distintos cursos fueron impartidos por René Leibowitz, Messiaen (1949-50, contando entre sus alumnos con Iannis Xenakis), Edgar Varèse, Ernst Krenek y otras figuras de la música electrónica. A partir de 1952 tuvieron lugar en la localidad alemana las primeras discusiones sobre música serial. Por los influyentes cursos de verano de Darmstadt desfiló lo más granado del serialismo integral de la vanguardia musical de la época:  Boulez, Stockhausen, Nono,  Ligeti, Berio, Maderna, Kagel, etc. De esta época son algunas de las escasas aportaciones de Messiaen a la técnica serial, como los Quatre études de rythme para piano.

En 1958, durante una conferencia que Messiaen dio con motivo de la Exposición Universal de Bruselas, podemos encontrar pistas de su ideario compositivo: “La música no se hace solamente con sonidos, sino también con intensidades y densidades (es el orden dinámico), con timbres y ataques (es el orden fonético), con acentos y tiempos diferentes (es el orden cinemático), y por último y por encima de todo, de tiempos, de divisiones de tiempos, de números y duraciones (es el orden cuantitativo). Pero no olvidemos que el elemento primero, esencial de la música es el ritmo.”

Con Et exspecto resurrectionem mortuorem de 1964, se inician una serie de obras majestuosas de temática evangélica. Esta peculiar composición, para maderas, metales y percusión y sin presencia de instrumentos de cuerda, fue encargada por André Malraux (a la sazón ministro de cultura de Francia) como conmemoración de las víctimas de las dos guerras mundiales, y fue estrenada en la catedral de Chartres, el 20 de junio de 1965, con la presencia del presidente de la República francesa Charles de Gaulle y con Serge Baudo al frente de la orquesta, director francés que se especializaría en la música de Messiaen y que llevaría a cabo otros de los estrenos de sus obras de plenitud. Su sonoridad arcana, pretérita, como de ultratumba, sin duda gracias a su inédita y peculiarísima distribución instrumental, sería utilizada recurrentemente por Messiaen en algunas de sus siguientes composiciones cuando pretendía describir la sensación y representación de la Resurrección.

 

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Olivier Messiaen y Pierre Boulez flanquean a Yvonne Loriod

En 1966 Messiaen fue nombrado profesor de armonía, y luego de composición en el Conservatorio de París, puesto que mantuvo hasta su retiro en 1978. Entre sus discípulos de esos años en París están Pierre Boulez, Yvonne Loriod (1924-2010, quien se convertiría en su segunda esposa en 1961 y que destacó como una interesantísima pianista especializada en el repertorio francés en general y de su marido en particular, quien dijo de ella en una ocasión: “Puedo permitirme las excentricidades más grandes porque para ella cualquier cosa es posible“), Karlheinz Stockhausen, Pierre Henry, Gyorgy Kurtag y George Benjamin.

La siguiente composición,  por encargo de la Fundación Gulbenkian de Lisboa, fue La Transfiguration de Notre-Seigneur Jésus-Christ, una obra de dimensiones colosales en cuanto a efectivos (orquesta de 109 músicos, siete instrumentos solistas -piano, violoncello, flauta, clarinete, xilorimba, vibráfono y marimba- y un coro de 100 voces) y duración (110 minutos) no vistos desde la Octava sinfonía “de los Mil” de Gustav Mahler  y los Gurrelieder de Arnold Schönberg. Esta obra ocupará a Messiaen prácticamente cuatro años  desde 1965 y fue estrenada el 7 de junio de 1969 por la Orquesta de París y el Coro Gulbenkian, dirigidos de nuevo por Serge Baudo, contando con Yvonne Loriod y Mstislav Rostropovich como solistas de las relevantes secciones para piano y violoncello. Esta ofrenda a la resurrección y a la esperanza no se puede considerar un oratorio en sentido estricto, al no tener parte para voces solistas ni contar con acción dramática. Los textos que canta el coro están extraídos del Evangelio, otros versos bíblicos y de la Suma Teologica de Santo Tomás de Aquino.

Los encargos se siguen sucediendo para Messiaen y así en 1971 recibió del Lincoln Center el de escribir una obra en conmemoración del Bicentenario de la Independencia de los Estados Unidos. El compositor viajó invitado a USA en la primavera de 1972 y realizó una visita al Bryce Canyon en el estado de Utah, donde quedó impresionado del paisaje y que le servirá de inspiración para su próxima obra. El resultado fue Des Canyons aux étoiles, una extraordinaria obra orquestal de hora y media de duración, distribuida en doce movimientos y compuesta para un amplio dispositivo orquestal con extensión de piano, xilorimba, glockenspiel y conjunto de percusión, incluyendo eolífono (sonido del viento) y geófono (sonido de la arena). Messiaen mismo escribió unas notas descriptivas de la intención de la obra, en las que reflejaba el estado de la mente tras su contemplación del Cañón de Utah: “…es decir, elevándose de los cañones a las estrellas -y más alto, hasta los resucitados del Paraíso- para glorificar a Dios en toda su creación: las bellezas de la tierra (sus acantilados, sus cantos de pájaros), las bellezas del cielo material, las bellezas del cielo espiritual. Así pues, obra religiosa inicialmente: de alabanza y de contemplación. Obra también geológica y astronómica. Obra de sonidos-color, donde circulan todos los colores del arco íris, alrededor del azul del arrendajo de Steller y del rojo de Bryce Canyon”.

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Encarte del cd de CBS de “Des canyons aux etoiles” con las firmas autógrafas de Olivier Messiaen, Esa-Pekka Salonen (director) y Paul Crossley (pianista). Colección particular de Rafael Valentín-Pastrana

Ya con la denominación de algunos de los doce movimientos de la obra podemos entender las pretensiones cosmogónicas y panteístas de Messiaen: el desierto, la estrella de Aldebarán, el Cedar Break (el impresionante “anfiteatro” natural del Cañón de Bryce), los acantilados rojo-anaranjados del Parque y la zona llamada Zion Park, la oropéndola americana, el ruiseñor políglota, el zorzal maculado, el abejaruco de ceja blanca, así como exóticos pájaros de las Islas Hawaii y sus llamativos coloridos.  Composición en la que volvemos a asistir al juego de colores tan querido por Messiaen, desde los de los pájaros, a los de los paisajes del lugar, y toda su gama cromática: “Quienes descubrieron las murallas rosáceas, blancas, malvas, rojas, negras, los árboles verdes y el río cristalino de Zion Park, vieron en ello un reflejo del Paraíso“. Toda una declaración de principios de la pasión del músico por los pájaros y su admiración a la obra del Creador, desde la tierra hasta los cielos.

La obra fue estrenada en Nueva York el 20 de noviembre de 1974, con Yvonne Loriod como solista y la  Orquesta Música Aeterna, dirigida por Frederic Waldam. En agradecimiento por esta obra el Estado de Utah, en 1978, redenominará uno de los montes del parque nacional, el The White Cliffs, como Mount Messiaen.

En 1975 Messiaen aceptó el encargo de componer una obra para la Ópera de París.  El resultado será Saint-François d’Assise la obra más ambiciosa de su vida, que tardó ocho años en concluir, incluyendo la escritura también del libreto de la ópera (si bien el autor prefería llamarla “spectacle”, espectáculo, en lugar de ópera). La obra  fue estrenada el 28 de noviembre de 1983, y en España se interpretó por primera vez en versión de concierto poco después, en 1986, bajo la dirección de Kent Nagano, quien la registraría ese mismo año en cd, y con la presencia en el Teatro Real (a la sazón aún sólo sala de conciertos) de Olivier Messiaen.

Con una estructura grandiosa en los recursos (requiere una orquesta de ciento treinta músicos y un coro de ciento veinte cantantes entre solistas y coros) y en la duración (cerca de cinco horas), Messiaen justificó estas dimensiones para representar la vida de un personaje de la sencillez y pobreza del santo: sólo el conjunto de todos los músicos del mundo podía expresar la inmensa riqueza de espíritu de San Francisco.

San Francisco de Asís va mucho más allá de la ópera, ya que representa un ritual de la liberación humana a través del amor omnisciente. Y narra el proceso espiritual de San Francisco que, gracias a la virtud de la compasión, alcanza la luz eterna. En palabras del musicólogo Santiago Martín, esta ópera es el compendio perfecto que resume los mundos de Messiaen: los hermanos pájaros, la eclosión del color y la lectura generosa (no amenazadora, no integrista, no rechinante) del Apocalipsis.

La muerte sorprendió al músico francés mientras trabajaba en la orquestación del Concert à quatre, para flauta, oboe, violoncelo, piano y orquesta, culminado por su viuda, la pianista Yvonne Loriod y por su discípulo George Benjamin. La obra fue compuesta para cinco intérpretes por los que Messiaen sentía especial admiración y gratitud: la pianistaYvonne Loriod, el violoncellista Mstislav Rostropovich, el virtuoso del oboe Heinz Holliger, la flautista Catherine Cantin y el director Myung-Whun Chung. Originalmente Olivier concibió la obra en cinco movimientos, pero finalmente el compositor renunció al quinto de ellos (que iba a tener forma de fuga) y lo estructuró en cuatro movimientos. A la muerte de Messiaen, su esposa Yvonne Loriod junto con los compositores George Benjamin y Heinz Holliger, orquestaron las partes que Messiaen había dejado sin instrumentar.

Uno de los motivos de que Messiaen no pudiera completar el Concert à quatre fue que en esa misma época se encontraba alternando este trabajo con otra de sus descomunales obras orquestales: Éclairs sur l’au-delà… (que se podría traducir por “Iluminaciones del más allá”, fue encargada por la Orquesta Filarmónica de Nueva York con motivo de su 150 aniversario que se conmemoraba en 1992) a la que dio prioridad y que no pudo ver estrenar (en el Lincoln Center el 5 de noviembre de ese año y a cargo de Zubin Mehta, poco más de seis meses después de su muerte). De nuevo asistimos (como en Des Canyons aux étoiles) a un canto a Dios y a sus criaturas, a la naturaleza y al firmamento. Este fascinante testamento musical de Messiaen (en el que rememoramos, a modo de recapitulación de sus obras y momentos más queridos, desde el estático éxtasis de la Oraison o el Quatuor pour la fin du temps, hasta los arcanos y pretéritos sonidos sobrenaturales y de ultratumba empleados en Et exspecto resurrectionem mortuorem) incorpora cantos de pájaros de Australia (que Messiaen había visitado en 1988 con motivo del Bicentenario de su Independencia), Nueva Zelanda, Papúa Nueva Guinea y Singapur.

Aclamado como uno de los mejores compositores de su tiempo, Messiaen recibió numerosas distinciones a lo largo de su vida, entre otras, Premio Erasmus (1971), Premio Ernst von Siemens (1975), Gold Medal de la Royal Philharmonic Society de Londres (1975), Premio de la Fundación Wolf de las Artes de Jerusalén (1982), Grand-Croix de la Legión de Honor (1987), Primio Internazionale Paolo VI (1988), etc.

La música de Messiaen es rítmicamente compleja (él estaba interesado en los ritmos de la antigua Grecia -inculcados por Maurice Emmanuel en sus tiempos del conservatorio- y por los ritmos hindúes -Messiaen estudió al musicólogo indio del siglo XIII Sarangadeva, autor del primer libro que compendiaba la música de India, el Sangita Ratnakara), y se basa armónica y melódicamente en los modos de transposición limitada, que fueron una innovación propia de Messiaen. Muchas de las composiciones de este verdadero santo representan lo que él llamó “los aspectos maravillosos de la fe”, mostrando su inquebrantable catolicismo. 0,,4130128_4,00Viajó extensamente, y escribió sus obras inspiradas por los paisajes y la naturaleza que tuvo la suerte de contemplar, como el paisaje del Cañón de Bryce en Utah o lugares del continente de Oceanía o el mundo que rodeaba a San Francisco de Asís. Durante sus años en Darmstadt, Messiaen coqueteó con el serialismo integral, considerándosele como uno de sus precursores. Su estilo absorbió muchas influencias musicales exóticas tales como la música japonesa (a raíz de su viaje a la isla nipona en 1962, donde descubrió la música de Gagaku y el teatro Noh) y los gamelan de Indonesia y Java (de hecho, la percusión afinada tiene con frecuencia un prominente papel en sus obras orquestales). En algunas de sus composiciones, Messiaen anotó en las partituras los colores de la música que él experimentaba e imaginaba (es lo que se conoce como sinestesia), con la intención de ayudar al director de orquesta en su interpretación, y no tanto para especificar qué colores debía experimentar el oyente. Fue con Couleurs de la Cité Céleste (1963) cuando Olivier intentó por primera vez llevar a cabo la traducción sonora de los colores, si bien ya desde los tiempos del cautiverio en Silesia, empezó Messiaen a percibir estas sensaciones cromáticas: “Cuando estuve prisionero, la desnutrición me provocaba sueños coloreados: veía el arco iris del ángel del Apocalipsis y extraños remolinos de colores“.

imagesPero la faceta más conocida de Messiaen, aparte de la de compositor y organista, es la de ornitólogo. Era tal su fascinación por el canto de los pájaros (inculcado por Paul Dukas durante los años del conservatorio, que recomendaba como clase práctica la escucha de los pájaros a sus alumnos), que en sus viajes por todo el mundo anotaba y registraba el canto de las aves, grabándolos para su posterior control e incorporándolos en buena parte de sus composiciones a partir de 1952, con Le merle noir, para flauta y piano, obra que compuso como prueba de acceso obligatoria para ingresar en el Conservatorio de París.

De nuevo son reveladoras sus apasionadas palabras al respecto con motivo de la Expo de Bruselas en 1958: “Ravel cantó al amanecer. Debussy fue el fiel amante de las aguas, lo vientos y los reflejos en el agua. La naturaleza puede oírse de muchas maneras. Personalmente yo he sentido siempre pasión por la ornitología. Al igual que Bartok recorrió Hungría para recoger canciones populares, yo me he pateado de punta a punta las diferentes provincias francesas para anotar el canto de los pájaros. Se trata de una empresa inmensa e interminable. Olivier-Messiaen¡Pero ha incrementado mi progenitura como músico! ¡Qué placer descubrir una nueva canción, un nuevo estilo, un nuevo paisaje! La alondra en los campos de trigo de Champagne; la totovía en el Col du Grand Bois; el mirlo en parques y jardines; el zorzal y el ruiseñor en los confines del bosque; la oropéndola en el prado; el carricero y el rascón en los juncos de los estanques de Sologne; la garza y el flamenco de Camargue; la chova y el pinzón de las montañas y los glaciares de Oisans; el zarapito, el vuelvepiedras y el archibebe de la Ile d´Queessaant y Finistère; la gaviota de la Ile d´Aute; la collalba gris y la curruca de las tierras yermas de Rousillon; el malvís y la collalba negra de los acantilados de Cap Bear y Cap Abeille; el carabo en la temerosa oscuridad; la cogujada en la luz y el calor de la Crau; el pardillo de los viñedos de Charente; el coliblanco del rocoso desierto de Causse Mejean… y tantos otros solistas maravillosos que olvido“.

Entre las obras que Messiaen fue dedicando expresamente a lo largo de su vida a sus queridos pájaros, se encuentran Réveil des oiseaux (1953), Oiseaux exotiques (1956), Catalogue d’oiseaux (1958), La fauvette des jardins (1970), Petites esquisses d’oiseaux (1985) y Un vitrail et des oiseaux (1986).

Una profunda fe cristiana (al igual que hizo Bruckner, el francés cantó a la gloria de Dios en todas sus obras) y el amor a los pájaros (presentes en la mayor parte de su catálogo) y la naturaleza son algunos de los heterogéneos elementos externos que influyen en el personalísimo estilo de Olivier Messiaen, un autor imposible de encasillar en una corriente concreta y que hace inconfundible su música en relación con cualquier otro compositor de su tiempo. Fascinante por su riqueza tímbrica, rítmica y armónica, su música inequívocamente moderna, es portadora de un mensaje humano y universal que supera su ferviente y reconocida confesionalidad católica.

download (1)Olivier Messiaen ambicionaba que su arte y su música se elevaran por encima de los humanos para guiar sus almas hacia un nivel superior que no es ya de este mundo: hacia el hogar espiritual donde reina para siempre el amor. El músico de Avignon también pretendía que su música fuera escuchada; y para lograr ese objetivo eran necesarias tres cosas para él: la música debía ser interesante, hermosa a la escucha, y debía llegar al oyente.

Y escuchando su obra, es evidente que todo ello lo consiguió.

Rafael Valentín-Pastrana

@rvpastrana

Este post está dedicado a e inspirado por C.L., entusiasta y devota admiradora de la obra de Olivier Messiaen, que me ha ayudado a profundizar y a entender mejor al inmortal compositor de Avignon.

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